domingo, 16 de abril de 2017

BOMBARDEOS EN SIRIA

Una imagen me taladra la mente: un fotógrafo corre como un caballo desbocado con un niño pequeño en brazos, tras un bombardeo en Siria.

La imagen me sacude por el nivel de humanidad: ha cruzado la línea profesional y le ha podido la personal. Su alma, su verdadera esencia, le ha hecho reaccionar.

No puedo evitar rememorar los detalles: el niño inconsciente, descalzo, con un brazo colgando, y el fotógrafo con el pelo alborotado y la cara desencajada por el horror y la desesperación. Quizá haya olvidado su papel allí, simplemente porque se ha negado a acostumbrarse. Bendito sea por ello.
La imagen puede contener: una persona, calzado y exterior

Pero aquí, en Occidente, sí nos hemos acostumbrado. Las imágenes son tan redundantes que parece que vemos una película en bucle, que ya nos aburre. Quizá hayamos perdido la empatía con esta gente, porque ya no nos transmiten...como actores en un mal teatro.

Quienes no la hemos perdido nos preguntamos constantemente qué podemos hacer. Asumimos que nuestro destino no es arreglar el mundo, que el monstruo es demasiado grande para enfrentarlo solos y vivimos en un limbo entre el dolor por estas personas y la impotencia por no tener medios para más. Y nuestro día a día, que no es poco...

Personas, sí. Así les he  llamado. Porque la costumbre nos ha hecho olvidar lo que son. Y es que....antes de ser sirios en una guerra, eran humanos.

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