martes, 23 de mayo de 2017

CON EL PERMISO DE SANZ...MANCHESTER, 2017





Estos cerdos no se enteran.

¡Que la música no se toca, ya está bien!

No dan puntada sin hilo, lo sé. Y sé que no es un ataque más. Es un ataque a la creatividad, a la alegría, a los niños,...A los niños.

Quieren aterrorizarnos demostrándonos que pueden acabar con nuestro futuro inmediato. Hacernos desaparecer destruyendo las semillas que regamos. Sembrando el pánico. 

Y no hay derecho.

Se han cargado de un plumazo una premisa básica: ¡Que la música y los niños no se tocan!

Que lo hacen en nombre de Alá...¿Quién es ese y dónde está? Dile que venga a mirar lo que haces, pedazo de puerco. Porque cuando vea que no eres más que un cerdo también renegará de ti. Explícame, si puedes, de qué va esta lucha. ¡Explícamelo! Que tu reto sea convencerme. ¿Te atreves? No, no te atreves. No creo que seas capaz de mantener una conversación. Maldito seas...por todos los dioses que pudieran existir y en los que no creo. No puedo creer en deidades en cuyo nombre tantas personas han muerto a lo largo de la historia. 

Que no valen más estos niños que los sirios, los irakíes, los jordanos o los magrebíes. No, no lo valen. Todos tienen el alto valor de ser personas encargadas de dar el futuro a sus pueblos si no hubiera monstruos arrebatándoles su sangre sin clemencia. De un lado u otro. Me da igual.

Y no hay derecho.

Una religión no puede ser excusa para cualquier cosa. No puede valer todo.

Aquello que me impones con sangre, dolor y miedo, no lo respetaré. Ninguna excusa justifica la muerte de una persona inocente en manos de otra. Y la religión, menos.

Nadie que trate de desafinar un sentimiento se ha ganado el derecho a ser respetado. Porque la música no se toca.

Todo aquel que ataque a un niño sabiendo de antemano que romperá algo sagrado, no es merecedor de consideración alguna. Porque los niños no se tocan.

El ataque al artista, al creador, al que construye sueños, al que crea belleza...es imperdonable. No hay clemencia. Y lo hemos visto tantas veces...Pero me niego a acostumbrarme. Me niego. Y te aseguro que te tengo miedo.

Aún así, no podrás meterte en mi cabeza. Si pudieras, se te grabaría a fuego esta premisa: El arte y la savia del futuro, no se tocan. ¡Que no se tocan, joder!

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P.D.: Todos mis respetos a los seres humanos que condenan esta barbarie. Sin religiones que nos diferencien, sin banderas, sin fronteras...Si eres humano y condenas esta locura, tus creencias y procedencia son lo de menos. Puedes tener claro que estas líneas no pretenden atacarte a tí.

miércoles, 17 de mayo de 2017

LA VIDA EN MI BARRIO.

La situación no puede ser más absurda...
Hace algo más de dos años me mudé a una casa de la que se me aseguraba todo sería perfecto. Y realmente lo es, no me puedo quejar por la casa en sí, sinceramente. Sólo que a lo mejor la arrancaría de sus cimientos y me la llevaría a cualquier otro sitio. Pero sólo eso.
Está situada en un barrio tranquilo, antiguo, sin apenas actividad en su entorno. Un sitio adecuado para hacer turismo rural, con sus calles empedradas, sus panaderías artesanales y sus viejecitas de barrio que actúan como cámaras de seguridad. Ideal para hacer turismo rural...Les puedo asegurar que las calles son preciosas. No hay turista nórdico que no las recorra y saque fotos a todos sus rincones, pero la piedra viva resbala cuando llevas tacones, el olor a pan recién horneado es una tortura cuando eres celíaca y no lo es menos que te pregunten, cada vez que entras o sales, si vas a trabajar o dónde estabas porque hace tiempo que no te ven. O si aún no tienes novio y tú, con cuarenta años a tus espaldas, evitando las preguntas con una sonrisa tonta porque sabes que son el CSI camuflado...y que en realidad lo saben todo sobre ti.
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Desde que me vine a vivir aquí no han parado las obras de rehabilitación por toda la zona. No creo que sea para mejorar mi entorno, sino para despertarme a las siete de la mañana todos los días con un martillo eléctrico, un bombo,...de verdad que pienso que detrás hay un oscuro plan para aburrirme. Al llegar hice la mudanza con zanjas en mi propio callejón, una obra que duró más de seis meses y que a día de hoy tendrán que venir a rectificar porque está plagada de fallos de estructura. Así que tranquilos...vivo en España y esta es una premisa indiscutible de que así es: el trabajo hecho de cualquier manera, que ya habrá tiempo de corregirlo.
Pasado este tiempo, mi vecino de enfrente, del que me separa el ancho del callejón, decidió hacer una obra en su casa que no duró menos que la de la calle, y estuve meses viviendo como en un zulo, porque si abría la ventana me tragaba toda la basura en suspensión de la obra. No sólo la basura en suspensión...tuve también que ponerle en su puerta los sacos de escombros porque al parecer mi pared era el sitio que había elegido para acumularlos. Cosillas de barrio tranquilo español...
A día de hoy, y desde hace unos cinco meses, el parque de enfrente está en obras de rehabilitación, y los ruidos de la obra, la vida privada de los trabajadores, sus peleas, sus reconciliaciones, sus organizaciones de fiestas,...todo me entra por la ventana con el polvo que levantan al trabajar, que por otro lado, teniendo en cuenta el control vecinal, es el único polvo que entra en esta casa.
Por si fuera poco en la zona no hay cobertura telefónica y tampoco pueden instalarme Internet. Todas las compañías se pelean para darme la mejor oferta, pero ninguna puede ofrecerme un puñetero teléfono fijo porque no tienen dónde conectar la línea. Con esto de la novedad de la fibra, se niegan a reparar los cables de cobre estropeados, pero aquí no llegará la fibra. No lo hará.
Calles históricas donde ni siquiera se ha roto para fabricar desagües para el agua de lluvia...la fibra no llegará. Porque esa es otra...se me había olvidado comentar un detallito, y es que en mi barrio, cuando llueven cuatro gotas, no se puede salir a la calle si no quieres resbalar por el empuje del agua y romperte una cadera en la aventura. Y no es que viva en Galicia, precisamente...vivo en Canarias. En un pueblo situado en el sur, así que se pueden imaginar que aquí llueve tres veces al año. Pero si se vive en un precioso barrio de turismo rural y quiere unos huesos que le duren intactos, lo mejor es hacerse con unas botas de goma. Por lo que pudiera suceder...
Y luego está lo del aparcamiento...que tenga que caminar diez minutos para llegar a mi coche se puede ver como un hermoso paseo, pero si tengo prisa y/o está lloviendo y no me he puesto las dichosas botas...mejor sería haberse quedado en casa.
Volviendo al tema de la incomunicación, me remito nuevamente a las compañías telefónicas: no hay pares libres, los pares disponibles están estropeados, espere a que alguien se dé de baja,...por lo visto voy a tener que matar a alguna de las viejas-cámara, porque a ver quién de ellas suelta el teléfono para cedérselo a la vecina nueva que no les sigue el juego ni se ríe con sus actitudes de intromisión. Vecina que terminará convirtiéndose a su movimiento, pues aquí una se aburre tanto que dan ganas de sentarse en la puerta a preguntar a todo el que pasa por su vida y por lo que sucede en el mundo.
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Me dijeron que me acostumbraría, pero doy fe de que era mentira. No te acostumbras a esto, ni a los vendedores de humo de las compañías telefónicas, que te hacen ofertas a precios más que asequibles, a cuál de ellos más bajo, con un paquete de llamadas ilimitadas y numerosas y variadas ventajas de conexión a Internet.
Al final tienes una tele vieja donde no puedes conectar el pack de televisión, un móvil que sólo te comunica gracias a la señal wifi de la vecina y la necesidad de salir a llamar por teléfono o comprobar si tienes mensajes de llamadas perdidas...que ya total, si sales, te vas a dar una vuelta y así ves cómo sigue funcionando el mundo civilizado del que, sin saber por qué, te han desterrado.
A día de hoy me planteo que vivir en un sitio tranquilo tiene sus ventajas, pero cuando la tranquilidad es tal que todo el mundo mira a otro lado cuando se habla de la realidad de estos lugares, no merece la pena. Luego se ofrecen planes de recuperación para muchos pueblos abandonados en España, pero si se pretende que se viva en lugares del siglo XVII como si permaneciéramos en ese bucle temporal, no se está siendo realista. La evolución debe mimetizarse con el ambiente y es necesario poner facilidades para que esto realmente suceda. Están dejando morir de viejos a muchos hermosos rincones del país y esto, sinceramente, me parece imperdonable.
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lunes, 15 de mayo de 2017

MARIPOSAS EN LOS PIES...

Hoy me desperté con ganas de bailar. Otra vez...

Vuelve a mí la dulce obsesión que me persigue desde niña. Me recuerdo muy pequeña, queriendo llevar moño y tutú. Me imaginaba sosteniéndome sobre mis pequeños y torpes pies, la base inestable de mis flacuchas piernas, como si fueran perfectos. Volaban, mis pies. Como si un ejército de mariposas los condujera en su hermoso vaivén. Pero todo estaba en mi cabeza.

Miraba la tele ensimismada cuando se televisaba alguna pieza de un ballet clásico. Aquellas puntas...aquella gracilidad en el movimiento, como si fuera natural, como si no costara nada.

Fui creciendo y alejándome de este amor incondicional, pues no hubo ocasión de enviarme a recibir clases. Y me fui convenciendo de que ya no valía la pena. Empezando mi adolescencia, me tocó llevar (paradojas de la vida) a mi hermana pequeña a clases de danza. Iba a ver su trabajo y, mientras la pequeña rubia revoltosa saltaba entre los bancos suecos del gimnasio al acabar, yo me quedaba a ver el ensayo de las mayores que empezaban después. Las mayores, las que tenían mi edad, pero que llevaban bailando desde la edad de mi hermana.

En una ocasión recuerdo que el profesor, que había sido el único en percatarse de mi inquietud, me preguntó por qué no lo intentaba. Y yo, para entonces tan convencida de la fuerza de mis complejos le dije que no, que yo nunca serviría para aquello.

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Mi hermana creció y pasó de la danza a la rítmica. Desde el banquillo aprendí mucho del lenguaje y la técnica, siempre como ferviente admiradora.

Yo también crecí, por supuesto, y cuando contaba 28 años vino mi hermano pequeño a pedirme que le acompañara a clases de bailes de salón. Primero, me moría de risa: "¿Qué hacemos allí tu y yo, hermano? Yo, que soy un pato y que te llevo doce añazos. Y luego los compañeros, que serán todos de club de pensionistas.."

Tanto insistió que cedí. Y aquella broma se convirtió en una etapa de sacrificio, amor y auto-realización. Años en los que fui absolutamente feliz. Los viajes, las horas de formación, las competiciones, las lesiones, los dolores de pies, los entrenamientos, los tambores de guerra retumbando en el pecho antes de salir a la pista,...eran todo mi mundo.

Descubrí dos grandes cosas: la primera, que observar tan de cerca a mi hermana me hizo mejor, porque era mi referente de superación. De hecho, donde yo veía unos brazos larguiruchos, ella reconocía unos brazos estilizados y elegantes. Y así, sin saberlo, me enseñó a ver la belleza en todo lo que mi cuerpo ejecutara para transmitir.

La segunda fue encontrar en mi hermano a mi mejor amigo. Y a pesar de su juventud, de nuestra diferencia de nivel (él era un crack), así como de las disparidades de opinión...creo que esa etapa no habría podido ser más hermosa si no la hubiera compartido con él, razón por la cual le daré las gracias toda mi vida.

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Pero sucedió que cuando yo ganaba en confianza y en deseos de avanzar y despegar, apareció su deseo de aparcarlo todo. Y se acabó. Lo intenté con varias parejas, con otras disciplinas donde no hacía falta pareja...todo me aburría. Y me rendí.

Siguió pasando el tiempo y durante gran parte del mismo, la tristeza y la añoranza me atrapaban.

Fui enterrando mi deseo. Fui caminando hacia atrás y convirtiéndome en la mera espectadora de los espectáculos a los que asisto...pero el subconsciente vuelve a atacar, implacable...y de nuevo sueño con un cuerpo grácil y fuerte a la vez, con una base firme, pero ligera, que se mueva al compás del batir de alas de cientos de mariposas...
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martes, 2 de mayo de 2017

A MIS AMIGOS...

Llevo tiempo queriendo escribirles. No son muchos, pero sí los que deben ser. Todos tan distintos, de entornos tan diferentes y de costumbres tan varias...

Personas que tienen mucho en común conmigo. O poco. O nada. Pero eso da igual. Porque hay una fuerza que nos une, ya sea por necesidad, amor, deseo o rutina. Aunque no una rutina aburrida, sino de esas que enganchan porque mejoran tu vida: como el té por las mañanas, la comida sana o la ducha relajante.

Podría dedicarles tópicos como "tengo un montón de amigos", pero es mentira. No los tengo. En realidad amigos, de los que pertenecen a esa noble categoría, tengo pocos. De hecho considero que se usa la palabra amistad con demasiado relajo. Un amigo no es cualquiera. Lo tengo muy claro.

A algunos los conocí en el mismo entorno. Otros se fueron uniendo al grupo o yo me fui uniendo al suyo. Los grupos de amigos...porque cada amigo pertenece a un grupo diferente, o comparte contigo dos o más grupos en común: están los perfectos para compartir confidencias, con sus risas y llantos incluidos. Están a los que no hace falta contarles penas porque su energía es tal que cuando compartes con ellos un rato, se te olvidan. Luego están los que podrían ser tu pareja, porque comparten contigo de todo, hasta la cama, pero no cabe en esa convivencia un proyecto más alto que el de la noble amistad. También están los de toda la vida, los que da igual el tiempo que pasen lejos de ti, porque al volver a verles todo es como si nunca se hubieran ido.

Luego están esos que se ven dos o tres veces al año aunque sólo sea por el placer de compartir el espacio, ya que el contacto se mantiene por vías más indirectas y hay una actualización constante de datos. Siempre hay un contacto porque se ha establecido un hilo rojo entre nosotros, como el que se define en la leyenda japonesa. De hecho, es posible que nos acordemos del otro y le escribamos o llamemos, justo cuando el otro está pasando por un momento importante o acordándose de ti. La conexión del hilo rojo...aún a kilómetros de distancia.

Están los amigos que te fallan, pero de los que sabes que nunca podrás borrar el vínculo que se había generado. Probablemente, desde una vida anterior.

Existen, en mi vida, amigos que me han visto caer y no han sabido tenderme una mano. Otros que sí, que me han acompañado aún en la distancia y me han dado aliento por cada movimiento que he hecho para incorporarme. Incluso los hay que me apoyaron en ese momento sin haber tenido una relación previa tan importante como la que tenemos hoy. Asimismo están los que me conocieron en la caída, pero lejos de alejarse vieron que había algo en mí que merecía la pena. Y se quedaron. Y por saber esperarme hoy disfrutan de lo mejor de mí. Y yo de lo mejor de ellos.

Podría también decir que "los amigos son la familia que una elije". Puede que sí. Puede que así sea, aunque he de añadir que en muchos casos me han elegido ellos a mí. Algunos, incluso, cuando ni siquiera yo habría dado un duro por estar conmigo.

Bien es cierto que, cuando una llega a quererse tanto que disfruta de sí misma como si fuera lo mejor que le ha pasado, aparece también lo mejor de los amigos. Probablemente porque todo está lleno de pura autenticidad.

Hay amigos para cada etapa de la vida: los de la niñez, los de la adolescencia, los de la madurez,...los que ves evolucionar o de los que pierdes la pista y, cuando la encuentras, ya nada es lo que era. Ni siquiera tu lo eres. Pero también están los que, aún y habiendo vivido esto último, cuando recuerdas tu relación con ellos no puedes evitar emocionarte, pues su cariño te acompañará siempre. Y lo sabes.

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Me pregunto qué pasaría si juntara en una misma habitación a toda esta gente tan dispar. Seguramente se matarían. A diferencia limpia...

Y, a pesar de ello, hay que ver cuánto les quiero...

EL SEÑOR DE LOS LIBROS. EL RESCATADOR DE SUEÑOS



Es un señor humilde. Un basurero de Bogotá.

Todas las mañanas inicia su sucio trabajo con un cometido superior: recuperar los libros de la basura. Los libros que los ricos desechan.

Se hizo con un espacio y reparó los ejemplares más maltratados. Los ordenó y, con ayuda de su familia, montó una biblioteca para los niños pobres de su ciudad.

Las personas, todas las personas, tenemos una misión en la vida que va más allá de lo que la sociedad nos impone: todas tenemos un sueño que, en la mayor parte de las ocasiones, ayuda a cumplir los de otros. Puede que nuestro trabajo impida que los realicemos, o nuestra condición económica, o incluso nuestra situación familiar...pero los sueños siempre asoman.

Nuestro rescatador sabía, de primera mano, cuál era la importancia de la educación, del saber, del conocimiento,...afirmaba que su sueño era que las personas tuvieran conocimiento, pues esa era la llave para la paz en el mundo.

Quizá, en realidad, siempre quiso ser maestro, profesor, erudito en alguna materia importante, pero su suerte lo obligó a ser basurero. No obstante, el sueño insistió en proliferar, y a día de hoy, los niños pobres de Bogotá acuden a su casa para llenarse de conocimiento...

Colombia, Brasil, España,...en realidad da igual el lugar. De la misma manera en que todos tenemos sueños, en todas partes hay rescatadores. Gracias a todos ellos por existir, por no conformarse, por ser rebeldes...gracias porque bien saben los gobiernos que lo que dice nuestro basurero colombiano es cierto. Muy cierto. Y en la mayoría de los países de cualquier parte del mundo, cada vez interesa menos que la gente piense, cuestione, opine o se exprese. Si no fuera por los rescatadores rebeldes, los que creen en algo más y no se conforman con tener su trabajo como único cometido en la vida, como autómatas en una mátrix, nadie nos recordaría que en el saber está la solución a todo lo que hace peligrar el mundo. Y es que todo, absolutamente todo, está en los libros.