jueves, 10 de agosto de 2017

EL DESENCUENTRO

Se sentó en un banco del parque. Observó el entorno tan conocido por sus sonidos, sus olores...Era el mismo banco de siempre, aunque ella ya no estaba.

Miró sus manos, los pliegues de sus nudillos, la forma de sus uñas, las venas de sus dorsos...le parecían hermosas y únicas.

Cuando era joven sufrió un accidente en el que quedó ciego. Con sólo 28 años perdió su trabajo y a muchos de sus amigos, pues no supieron adaptarse (ni siquiera él) a su nueva situación. Le fue necesario aprender a ver la vida de otra manera: con las manos, los oídos, el olfato,...y con el corazón.

Hacía tan sólo un mes, los médicos habían solucionado su problema mediante una intervención, consiguiendo devolverle su antigua capacidad.

Antes de entrar a quirófano se despidió de Luna, su compañera. La perrita había sido sus ojos todo este tiempo y, por fin, podría darle una jubilación a la altura. Ahora ambos verían el mundo en conjunto. Cada uno con su prisma...

Pero al recuperar la vista se vio solo. Sus amigos, los del mundo invidente, no supieron adaptarse a su nueva situación (ni siquiera Luna).



Cuando volvió a casa del hospital encontró al animal inerte, ausente el latido en su pecho, y se sentó a llorarla durante días...

Hoy había decidido ir al mismo parque de siempre para recordarla, pero no podría...De la misma manera que Luna necesitaba sus ojos vacíos para poder existir, él debía cerrarlos para recordarla. Aún y así su recuerdo era vago, incompleto...Ya no podía tocarla.

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